Un mal chiste y un truco barato by Giovanni Antonio Segundo González - Ourboox.com
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Un mal chiste y un truco barato

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Un mal chiste y un truco barato by Giovanni Antonio Segundo González - Ourboox.com

PRÓLOGO

Un mal chiste y un truco barato

No sé en qué punto exacto uno aprende a reírse de lo que duele.
Tal vez no se aprende: se ensaya.
Una y otra vez. Hasta que sale.

Este libro no nació de una gran idea ni de una revelación luminosa. Nació de errores pequeños, de decisiones mal tomadas, de silencios sostenidos más tiempo del necesario. Nació, como casi todo lo que importa, cuando ya no quedaba mucho que perder.

Le puse Un mal chiste y un truco barato porque así se sienten muchas cosas cuando las miras con suficiente honestidad: la risa que llega tarde, el aplauso que no alcanza, la maniobra improvisada para seguir de pie. Nada épico. Nada heroico. Solo humano.

Aquí no vas a encontrar respuestas claras ni moralejas bien empaquetadas. No es un manual, no es una redención, no es un ajuste de cuentas. Es, a lo mucho, un intento de decir las cosas como se sienten cuando se apaga el ruido y ya no queda a quién impresionar.

Escribo desde un lugar donde el error no se corrige, se arrastra. Donde el truco no siempre engaña, pero a veces salva. Donde el chiste falla… y aun así alguien se ríe, quizá por nervios, quizá por reconocimiento.

Si decides seguir leyendo, no es porque este libro tenga algo que enseñarte, sino porque en algún punto —aunque no sepas exactamente dónde— has estado ahí. En ese borde incómodo donde fingir funciona un rato más, y la verdad espera sentada, paciente.

Este texto no busca gustarte.
Busca acompañarte.

Cada capítulo aparecerá con el tiempo, no porque así lo dicte una estrategia, sino porque hay historias que necesitan distancia para poder decirse sin mentir. Este libro no se entrega de golpe: se construye mientras sucede otra cosa en paralelo. Como la vida. Como la música. Como todo lo que no se puede forzar.

Si llegaste aquí por accidente, quédate un momento.
Si llegaste buscando algo concreto, quizá no lo encuentres.
Y si llegaste porque ya no sabías muy bien qué estabas buscando… entonces este lugar es tan válido como cualquier otro.

No prometo un buen chiste.
Mucho menos un truco elegante.

Solo prometo no esconder lo barato cuando aparezca,
ni fingir que el error fue parte del plan.

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Capítulo I: RECLAMO

 

 

 

 

Giovanni A. S. González
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La lluvia arreciaba y la noche era el cobijo de aquella villa. A lo lejos repicaban las campanas que marcaban con pesar las horas, como pizzicatos… En casa se escuchaba una dulce melodía a piano. Ahí yacía una niña pequeña junto a su padre, quien la observaba mientras los relámpagos marcaban el tempo de aquella pieza lenta.

 

—Debemos parar, es suficiente por hoy —dijo el padre.
—¡Hoy avancé más que ayer! —contestó entusiasmada la niña.
—Así es, hoy has avanzado bastante y te felicito, pero… ahora debes ir a prepararte para dormir —dijo mientras le acariciaba la cabeza.

 

La niña, sonriendo, respondió:
—Papi, ¿puedo comer una galleta?
—Hmm… Te daré tres galletas por tu esfuerzo de hoy —contestó él, dándole un abrazo.
—¡Gracias! —respondió alegre mientras se levantaba del asiento y salía corriendo.

 

Así pues, la pequeña Natalia se marchó del salón cuando la tormenta arreciaba y el viento golpeaba con aún más fuerza los ventanales.

 

—Vaya, ya es bastante recurrente que llueva con tal agresividad, pero hoy parece que ha empeorado el tiempo —se dijo el hombre, pensativo.

 

En la lejanía, y aun con el bullicio de la lluvia, se alcanzaban a escuchar gritos, carcajadas y un canto al cual solo se le podía entender la melodía. Era agresivo, ya que parecían dos voces: una dulce y delicada, casi cristalina, y la otra como si se estuviera partiendo la tierra, una voz gutural que provocaba náuseas.

 

Todo aquello era muy extraño, ya que la casa del hombre yacía a las afueras de aquel poblado, a nada del bosque de ese viejo páramo. El viento golpeaba con tal brutalidad que los ventanales comenzaban a vibrar como si quisieran ser arrancados de sus bisagras, pero ahora aquellas voces y cantos no se escuchaban a lo lejos, sino en su cabeza, como si algo en su interior le exigiera algo con severidad.

 

Los gritos dejaron al hombre helado, ya que empezaba a entenderse en ellos:

 

—¡Llegó la hora!

 

Y en la mirada… una vieja deuda se asomaba.

 

Ciertamente, aquella era “una noche diferente”, y el ambiente lo enfatizaba. El hombre, que seguía sentado frente al piano, sintió cómo algo se apoderaba de su voluntad y, moviendo una de sus manos hacia el deteriorado teclado, tocó un tritono, al cual respondieron varias voces al unísono.

 

—¿Así que no me recuerdas? Después de tanto tiempo esperaba que me tuvieras un lugarcito en tu memoria. Me partes el corazón…

 

Sus palabras eran sarcásticas; aun así, la incomodidad podía notarse.

 

El hombre estaba en blanco, y su expresión empeoró al observar que los ventanales por fin cedían, abriéndose en par, dejando entrar el fiero, frío y húmedo viento, volando hojas de árboles y de pentagramas, que quedaron regadas por toda la habitación.

 

Una sombra… sí, una sombra se asomaba y era visible aun en aquella oscuridad. Era una mujer, con un aspecto cansado, tan fantasmal que levitaba, pero con una nitidez que la hacía parecer físicamente presente. Sus vestidos y su larga cabellera, ondeando al paso del viento, sugerían ser la causa de aquellas anomalías.

 

—Bien, ¿qué pasó después? —dijo la psicóloga mientras hacía anotaciones en su cuadernillo.

—En realidad, en ese momento volvió a perderlo todo —contesté.

—¿Podrías explicarte mejor?
—Bueno, hace tiempo de esto que cuento. Verdaderamente no había encontrado… ¿cómo llamarlo? ¿Valor? Para dar mi versión de lo que sucedió.

 

Había duda en mis palabras.

 

—De acuerdo. Esa mujer, ¿quién era y qué esperaba obtener?
—Parece que fue su pasado, uno que no recordaba. Supongo que lo olvidó o no quiso darle mayor relevancia. Y vino… vino por lo único que le quedaba. “Ella”, su pequeña…

 

Acercándose al hombre de manera lenta, elegante, casi discreta, con un toque seductor y con tal confianza como si lo conociera desde hacía mucho tiempo —y me estaría quedando corto—, quedó tan cerca de él que tuvo oportunidad de susurrarle al oído. No se presentó; solo dijo:

 

—Hola, ¿cuánto tiempo sin verte?

 

Con una sonrisa y un tono burlón.

 

—¿Qué? —contestó consternado—. ¿Quién eres y qué quieres de mí?
—¿De ti? No… nada. De ti ya tuve suficiente. Es más, creo que terminé cansada y aburrida de ti.

 

El hombre, con aún más dudas, se quedó callado mientras un sudor frío recorría su cuerpo, envuelto en pánico.

 

—Pareces helado y ligero… ¿no habré dicho algo inapropiado, verdad?

 

El hombre aún no tenía la más remota idea de lo que estaba pasando. Era algo más allá de lo que cualquiera podría soportar, y gritó, con los testículos al cuello y la voz quebrada:

 

—¡¿Qué diablos quieres?!
—Vaya, ahora sí que te reconozco —contestó la mujer, y continuó—. Pues verás, he venido por aquello que me pertenece, por aquello que me prometiste a cambio de tu vida… riquezas y libertad.
—No sé de qué me estás hablando —contestó, ya con una voz poco calmada.
—Claro que no… pero eso, créeme, no es lo importante.

 

La mujer se colocó detrás de él y aspiró profundamente sobre su nuca.

 

Un grito lleno de miedo interrumpió el acto.

 

—¡Papi!

 

Natalia había vuelto al salón después de escuchar el desorden que se había desatado a causa del viento. La niña tenía los ojos grandes, color avellana, llenos de llanto a punto de salir de sus cuencas; los brazos cubrían su pecho mientras sostenía sus galletas, ahora hechas trizas.

 

—Pero si aquí estás —dijo la mujer, mirando afiladamente a los ojos de la niña.

 

El hombre corrió en dirección a ella, pero la mujer no le dio oportunidad siquiera de acercarse lo suficiente, pues lo arrojó lejos, sacándolo de su camino.

 

—¿Qué sucede, pequeña? ¿Acaso viste un fantasma?

 

La niña lloraba y no paraba de gritar.

 

—Veamos… Así que ese, hmm… “espectro”, tenía por objetivo llevarse a la hija del hombre por algún tipo de acuerdo o “pacto”. Pero… ¿por qué el hombre ofrecería a su hija? —preguntó la psicóloga de manera atenta.
—Dudo mucho que el hombre se decidiera a entregar a su propia hija —contesté, y seguí—. Además, es pronto para sacar conclusiones, ¿no cree, Doc.? Hmm… ¿puedo llamarla así?
—Claro, no me molesta.
—De acuerdo, Doc.
—Solo una cosa —dijo con seriedad.
—Sí, ¿qué pasa? —respondí, confundido.
—Nuestra sesión concluyó hace unos minutos, así que es todo por hoy. ¿Crees poder recordar tu historia para continuarla en la siguiente ocasión? —indicó mientras anotaba con prisa.
—Por supuesto, cuente con ello.

 

Al decirlo, me puse de pie, me despedí como siempre, con un tono demasiado frío y formal, tomé mis cosas y salí por la puerta.

 

—Oye, papi.
—¿Sí?
—¿Qué pasó después?

 

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Capítulo II:

CENIZAS DEL AMANECER

 

 

 

 

Giovanni A. S. González
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Aquel viejo salón oscuro, sombrío y tan amplio… “Enorme”.
Que ni la luz “del gran candil” que colgaba del techo era suficiente para cambiar el triste ambiente.
En él puede escucharse el eco del llameante fuego, el de mis pasos y el de mis latidos.
Al fondo, una amplia chimenea siempre encendida; solo eso hace… que mis noches de sesión sean más cálidas y amenas.


Cuando entro y estoy solo, para esperar suelo colocarme frente a una deteriorada pintura.
En ella, un bosque verde y vibrante, un río que no interrumpe su cauce, algunas avecillas y animales varios.
Casi puedo respirar ese aire fresco… Siempre encuentro un detalle nuevo cada día; después de todo…
¿Qué mejor sitio para esconder un árbol sino un bosque?

—Buenas noches— escuché mientras se abría la puerta de la habitación, y sin apartar la mirada de la pieza respondí:

—Buenas noches. Hoy… hoy se ve muy bien, Doc.—

No me hacía falta mirarla para saber lo elegante y pulcra que seguro estaba… ya que siempre ha sido así, desde el comienzo. Una dama en toda la extensión de la palabra, una mujer seria y centrada. Una profesional sin duda.

—¿Tenía tiempo esperando?— preguntó.

—No, descuide. Acabo de llegar.—

—Tome asiento, por favor.—

—Claro, estoy en ello.—

En cada sesión, la psicóloga me pedía que tomara el asiento que quedaba frente a la chimenea: una silla amplia y acolchada; al frente de esta, una mesa de centro y un amplio y fino sofá enseguida. En este es donde ella suele reposar mientras escucha mis disparates…

—¿Qué tal tu semana?— me preguntó con una mirada fija y de manera seria.

—Bastante bien, a decir verdad, Doc. De hecho, tuve oportunidad de salir de viaje un par de días. Eso… eso fue reconfortante.—

—¿Así que te fuiste de vacaciones?— bajó la mirada y comenzó a ordenar sus cosas.

—No, yo no diría eso. Simplemente se dio la oportunidad y la aproveché. Es todo.—

—Bien, me alegra saber que este viaje sirvió para que descanses.—

—Sí, le agradezco, Doc.—

—Y bien, ¿has podido dormir?—

—¿Acaso se nota tanto?— respondí a su pregunta, sarcástico, pero ella solo levantó la mirada hacia mí y, de manera muy severa, dijo:

—Sí, estás igual de demacrado. Incluso podría decir que más. Recuerda que si te mueres me abstengo de tu abono mensual, y no queremos eso, ¿cierto?—

Sí, su sentido del humor era… “algo especial”.

—Hmm… ¿Seguirás contándome tu historia?— cambió abruptamente de tono.

—Sí. Solo debo recordar en dónde me quedé…—

—Estabas contándome sobre cómo se llevaban a la niña. ¿Cómo le llamaste? ¿Natalia?—

—Sí, ya recuerdo…—

El padre se encontraba levantándose del suelo, allá en lo más alejado de la habitación. La pequeña Natalia no cabía en sí a causa del terror, y la mujer seguía acercándose lentamente hacia ella. La lluvia bajó su intensidad y el viento dentro del lugar se iba desvaneciendo conforme avanzaba aquella mujer, hasta llegar el momento en que todo era silencio. El hombre corrió para intentar evitar el encuentro de estas y, colocándose frente a Natalia, trataba de hacerla reaccionar, pero la niña no era más que una estatua de carne. El padre volvió a preguntar:

—¿Quién eres y qué quieres aquí?—

—Ah… qué hermoso clima… Trabajadores asalariados se dirigen a casa bajo la lluvia torrencial, con capuchas y viejas gabardinas rasgadas para protegerse. Las calles a reventar en plena hora pico, donde no se puede ni respirar. La vida del hombre común debe ser muy difícil. Y estoy aquí para aligerar esa carga, para hacer de “su vida” más fácil… Deberías estar agradecido— dijo de manera engreída y prepotente.

—¿Agradecido? Así que… ¿de esto se trata? ¿Solo te la llevarás porque es tu voluntad? ¿Solo así?—

—Ustedes, los músicos, son demasiado dramáticos… No, querido. Este es el resultado de un “pacto”. Estoy aquí. Vine por lo que es mío. Así que apártate y evita hacerte daño—.

Pero el hombre no se apartó y la mujer, sin esfuerzo, lo hizo flotar poco a poco mientras decía:

“En nombre de Satán, Belcebú
y la princesa del infierno, Lilith,
hoy el pacto será sellado.
Vengo por tus dones,
atraída por tu avaricia y egos,
alimentada por aquella sangre derramada,
salvando la vida de la inocencia.
¡Hoy me entregarás lo que amas!”

Y, dejándolo suspendido en el aire y apartándolo hacia un lado, colocó entonces la mano sobre la cabeza de la niña, haciéndola dormir de repente.

—¡Imposible!— exclamó el padre, dejando caer una lágrima. Entonces la mujer levantó la otra mano y chasqueó los dedos.

—Un momento— interrumpió la psicóloga.

—Sí, ¿qué pasa?—

—La mujer… ¿era una bruja?—

—Bueno, yo no lo sé. Bueno… todo aquello fue bastante inusual, pero no sabría decir si eso era magia.—

—¿No me lo dirás aún?— preguntó algo molesta.

—¿Puedo continuar?— quise cambiar de tema.

—Adelante…— contestó resignada.

Sebastián se despertó, pero no había desorden en el salón, y en un arranque de adrenalina salió corriendo a buscar a Natalia por toda la casa, pues creía haber tenido una pesadilla horrible, pero… no estaba… ella no se encontraba ahí. Todo aquello que abrumaba su mente realmente había pasado.

—¿Se encuentra bien, señor? Cuando llegué había mucho desorden.—

—¿Qué?—

—Que si se encuentra bien, señor. Está muy pálido y…—

—¡No está! Natalia no está…— interrumpió angustiado.

Con él se encontraba una joven, Aisha, quien es una chica de familia humilde que se convirtió en alumna de Sebastián. A cambio de tomar clases, ella se ofreció como ayuda para mantener la casa en orden, una especie de criada. Después de explicar la situación a la joven, Sebastián decidió viajar hacia el pueblo para pedir ayuda a las autoridades e intentar terminar con este desaire lo más pronto posible.

Al llegar al departamento de la guardia, se vio obstaculizado por una gran multitud que gritaba y exigía justicia.

Natalia no había sido la única en ser secuestrada…

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